
La mayor derrota de la derecha mexicana no ocurrió en las urnas, ocurrió en el terreno de las ideas, porque, paradójicamente, la derecha dejó de ser conservadora.
El conservadurismo clásico nunca fue una ideología de la histeria, desde Edmund Burke hasta Michael Oakeshott, el pensamiento conservador partía de la premisa elemental de que la política debía estar guiada por la prudencia, la experiencia y el respeto por la complejidad de la realidad y, por eso, desconfiaba de las explicaciones absolutas, de las soluciones milagrosas y de las emociones colectivas convertidas en método de gobierno.
La prudencia, como en la phrónesis de Aristóteles, era considerada una virtud política indispensable, donde gobernar, o hacer oposición, exigía deliberar antes de reaccionar, pero una parte significativa de la derecha mexicana ha abandonado precisamente ese principio.
Después de sus derrotas electorales dejó de construir argumentos y comenzó a fabricar estados de ánimo y así sustituyó la deliberación por el escándalo permanente, el análisis por la indignación, la evidencia por el relato y la política por el espectáculo.
Desde entonces vive atrapada en una narrativa apocalíptica donde todo anuncia el colapso institucional, donde cada reforma significa el fin de la democracia, donde cada decisión del gobierno representa el inicio de una dictadura, donde cada elección perdida confirma que México dejó de ser una república, donde el país parece estar muriendo todos los días… aunque nunca se cumplan sus premoniciones.
Pero el problema real no es únicamente la exageración, es la sustitución de la razón por la emoción.
Hannah Arendt advertía que la política entra en crisis cuando los hechos dejan de ser el punto de partida del debate. No desaparecen, simplemente dejan de importar y la verdad factual es desplazada por relatos cuya función ya no es explicar la realidad, sino reforzar la identidad del grupo y eso es exactamente lo que ha ocurrido.
La oposición ya no necesita demostrar que tiene razón porque le basta con mantener emocionalmente movilizados a sus seguidores porque sabe que el miedo, el enojo y la sensación permanente de amenaza sustituyen al razonamiento político y, por eso, el objetivo deja de ser convencer y pasa a ser la confirmación de los prejuicios.
Antonio Gramsci explicaba que toda hegemonía consiste en moldear el sentido común. Durante años, políticos opositores, comentaristas y buena parte de los grandes medios construyeron una percepción donde el país vive en un estado permanente de desastre y esa narrativa terminó convirtiéndose en una lente a través de la cual miles de personas interpretan cualquier acontecimiento y así, los hechos ya no modifican la narrativa, la narrativa decide qué hechos merecen ser reconocidos.
Y las redes sociales aceleraron el proceso, como lo explica Byung-Chul Han, la comunicación digital privilegia la reacción instantánea sobre la reflexión porque el algoritmo premia la indignación, no el razonamiento, el meme desplaza al argumento, el video de treinta segundos sustituye al ensayo y el hashtag reemplaza la discusión.
Así, una parte de la derecha mexicana dejó de actuar como una corriente de pensamiento para convertirse en una comunidad emocional donde sus referentes ya no producen ideas sino que producen estímulos que ya no invitan a pensar, sino que enseñan contra quién indignarse y ya no forman ciudadanos, administran identidades políticas construidas alrededor del agravio permanente.
Y la ironía es que, quienes durante décadas presumieron representar la racionalidad liberal terminaron abrazando las mismas prácticas que atribuían a los populismos: el culto al líder mediático, la simplificación de la realidad, el desprecio por los matices y la subordinación de los hechos a una narrativa previamente decidida.
Y quizá la verdadera crisis de la derecha mexicana sea que no perdió únicamente elecciones sino que perdió aquello que le daba legitimidad intelectual al dejar de ser una tradición política para convertirse en una reacción emocional y, cuando una fuerza política deja de pensar para limitarse a sentir, ya no disputa el poder mediante ideas, lo hace mediante impulsos y, en ese momento deja de ser una alternativa de gobierno y se convierte, simplemente, en una fábrica de resentimiento.










