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SERGIO ESPINOSA PROA Y SUS ESCRITOS UNIVERSALES

El judaísmo es una religión, no una filosofía o una simple concepción del mundo. Y una religión en el sentido fuerte de la palabra. Primera precisión, de carácter esencial. Que sea una religión determinará todo el camino que tomemos. Ha engendrado al cristianismo, primero, y al islam, después, pero ese vínculo genealógico no va a atenuar su mutua hostilidad.

Todo lo contrario. Desde el ángulo de mira del judaísmo, cristianismo e islam no son más que herejías, desviaciones, degeneración de un mensaje nunca, por cierto, exento de ambigüedad. No precisamente por culpa de Dios.

No digamos nada aún de lo que el judaísmo representa para aquéllos. La historia de este pueblo se asemeja a las fases de una epopeya griega: nacimiento, extravío, refundación. Hoy asistimos, con curiosidad y temor, al tercer acto. En el principio… Quizá no ha existido, en la historia del mundo, un comienzo tan estrepitoso y tan tajante. El judaísmo nace con, o debido al, crepúsculo de los ídolos. Fin de la idolatría, extinción a la cual él contribuye entusiasmado. Así lo ve, en cualquier caso, él mismo. Los judíos se asumen a sí mismos como un no poco glorioso parteaguas. Rasgo de soberbia que heredarán esas dos ramas nacidas del mismo tronco, pero separadas inconciliablemente de él. Marcan, todas y cada una, un antes -y un después; incluso en el calendario. Antes, los mitos; después, la historia humana. Esta última se inaugura en virtud de la invención -pues es lo que es- de un espacio y de un tiempo heterogéneos al espacio y al tiempo perceptibles. Invención, en el seno de un cosmos pagano, de la Trascendencia Divina: el Dios absolutamente separado del mundo sensible. No inventan lo sagrado, presente de mil formas en las otras culturas. No lo regatearemos: se trata de una invención impresionante y de inmenso alcance. Ni siquiera la revolución de Akhenatón se le compara: su monoteísmo giraba en torno de una deidad sensible como el Disco Solar. El Dios judío no ha de confundirse con nada sensible:

«El monoteísmo ético de los hebreos es el único que franquea todos estos límites al reconocer a un Dios personal, trascendente, libre y soberano, creador de los cielos y de la tierra, amo de la alianza y de la vida, señor de la unidad y del amor como padre del verbo salvador que se revela en su Torá y se realiza por medio del hombre. Dios se sitúa más allá de la creación: abre para el hombre, liberado de sus servidumbres mágicas, la puerta de oro del Verbo Divino» (André Chouraqui, *Historia del judaísmo*, Jus, México, 2008, p. 14).

No parece faltar nada en esta definición. Que sea una religión en el sentido pleno del término significa que esa abstracción eterna que es Dios *somete y exige obediencia absoluta* a quienes, mediante ritos y sacrificios, mortificaciones y holocaustos, establezcan con Él la Alianza. ¿A cambio de qué? De una paciente espera: Dios cumplirá su Promesa. ¿Cuándo? Nadie lo sabe. ¿Es lógico esto? Bueno: delinear un *orden sobrenatural* a fin de asegurar la obediencia no parece del todo descabellado. Nada de este mundo, condenado a la imperfección y la caducidad, merecería ser absolutamente obedecido. Surge un problema obvio: ¿quién podría saber lo que quiere este orden sobrenatural? Pues sólo un ser de *este* mundo.

Un hombre. Todo entonces se tambalea. Nadie ha visto ni oído aquello que por definición no puede ser ni visto ni oído. Tenemos que creerles a los ministros del culto, a los *kohanim*. Así que la magnífica invención presenta, desde el comienzo, una profunda fisura. Que sea lógica no la hace, por desgracia, más realizable. Incluso el Eterno está obligado a dejar marcas tangibles en la tierra. El Tabernáculo, el Arca de la Alianza. Signos sensibles. La acusación de idolatría en los demás pueblos pierde fuerza. Adorar al Arca, ¿es diferente de la adoración de una figurilla de barro o de paja o de trapo, de una cruz, de una montaña, de un meteorito, de la luna? ¿Cuál crepúsculo de cuáles ídolos? A los profetas se les puede creer -o no. Además no todos dicen lo mismo: «Cabe decir que durante este periodo luminoso, exaltado, excepcional, el monoteísmo mosaico se intensifica, se vuelve a la vez más agresivo en la predicación de los profetas del siglo VI y más grave, más suave o más persuasivo en los escritos que serán incluidos a continuación en el canon bíblico:

los Salmos, el Cantar de los cantares, el Eclesiastés, Job, los Proverbios o las Lamentaciones; más edificante en los textos de Esdras, de Nehemías, las Crónicas; más terrible, en fin, en el Apocalipsis de Daniel» (p. 20). Disparejo el mensaje del Todopoderoso. Pero si algo permanece bajo tales matizaciones es el sentido de la marcha: de las tinieblas a la luz. No hay retroceso posible. No hay atajos ni desvíos. Con Templo o sin Templo: la fe resiste cualquier cosa. Dios nunca muere. Muchos elementos del judaísmo van a ser heredados por el cristianismo, influido más por los esenios que por los fariseos, menos rigoristas éstos que los saduceos.

Lo que a todos asombra es su resistencia: el sufrimiento no se elimina sino que se transforma en prueba y garantía de la magnanimidad de Dios. Todo se convierte en medio y señal de la redención; incluida, claro está, la derrota. Ahora bien: tanta tozudez puede espantar. Admirable en la misma medida que deplorable: el judío nunca se da por vencido. No sabe perder. Es el precio de tener a un Dios Todopoderoso de su lado. No es necesario ser antisemita para percibir el peligro de posición semejante. La religión se vuelve absolutamente inabordable, inexpugnable. Dura como un diamante, firme como el granito. Se entiende que, en la diáspora resultante, esta religión terminaría blindándose: «Israel, clavado al Verbo de eternidad al que había dado su fe, permanecería, pues, a los pies del Señor, en la amorosa sumisión a su voluntad y en la esperanza de los fines últimos: con esta certeza resultaba simple volver la espalda al mundo exterior

, transformar los sitios del exilio en fortalezas espirituales donde todas las energías estaban consagradas por los judíos a salvaguardar el antiguo patrimonio, a cultivarlo y a vivir de su inspiración. La exigencia de esta obra dio al pueblo judío las fuerzas que le permitieron vencer en el combate que debió sostener de siglo en siglo para sobrevivir» (p. 34). Sin territorio, pero clavado a un Libro. Es legítimo preguntarse qué habría pasado sin la destrucción del Templo. La respuesta no será sencilla, pero tampoco imposible: *nada*.

Israel no sería distinto a los demás pueblos. Su seña de identidad es justamente esa pertenencia a una ausencia de espacio físico. Es el pueblo metafísico por antonomasia. Grandioso honor. Con sus respectivos atributos negativos: intolerante, concentracionario, paranoico. Si no existiera el Libro, ¿podríamos continuar hablando de religión? ¿Existiría el judaísmo y sus odiadas -por él mismo- secuelas? Improbable

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